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Arturo García Almendros

Arturo García Almendros es piloto certificado e instructor de vuelo de RPAS, asesor en materia de RPAS para distintas autoridades aeronáuticas a nivel nacional e internacional, colaborador en distintos foros relacionados con esta industria así como en publicaciones y medios de comunicación. Es miembro de la comisión asesora de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea, (AESA) e impulsor del proyecto empresarial español Ritrac.


Caos en el aeropuerto

10/01/2019 | Madrid

Lo que van a leer a continuación, son conjeturas.

Ni más ni menos, como lo vertido en todas las redes sociales hace unas semanas respecto de los drones sobrevolando el aeropuerto de Gatwick, primero, y el de Heathrow, a continuación. Pronto veremos más: De Gaulle, Schiphol, Barajas...

Verán. Todas las tecnologías tienen una curva ascendente inicial, que es donde los profesionales del sector detectan los primeros nichos de mercado y empiezan a explotarlos, en busca de oportunidades de negocio, que es donde nos encontramos ahora.

A continuación viene un pronunciado declive, para muchos un abismo, donde nueve de cada diez empresas cierran porque no superan la fase inicial de competencia feroz, inversiones sin fin y retorno económico prácticamente nulo, que es lo que ya empezamos a vislumbrar y lo que vamos a vivir en los próximos cuatro años, coincidiendo con la próxima crisis económica mundial, según algunos, inminente y la realidad del Brexit en Europa. ¡Menudo cóctel!

Pero la vida sigue, y esta carrera de fondo se estabiliza posteriormente en una suave curva ascendente donde los más fuertes, los más grandes, o los que tienen más amigos en la Administración y en las grandes corporaciones se han posicionado en el mercado y empiezan a recuperar las inversiones iniciales (siempre a futuro, eso sí).

Pero recapitulemos. ¿Drones en Gatwick? ¿Dónde exactamente? ¿Quién los vio? ¿Quién dio la primera voz de alarma? ¿Qué medidas se tomaron? ¿De verdad hubo drones poniendo en riesgo las operaciones aéreas?

Lo cierto, lo que podemos decir hoy, con pruebas en la mano, lo que de verdad sabemos, es que no se sabe nada excepto que los únicos drones que volaron fueron los de la Policía (lo reconoce el propio comisario jefe de la Policía Local de Sussex, Reino Unido).

Y la CAA –la autoridad de aviación civil británica- llevándose las manos a la cabeza.

O sea. Pensemos bien en lo que acabamos de decir: no hay un solo testimonio fehaciente, ni testigo, ni sospechoso. Miento: había dos, pero tras detenerlos les soltaron. No habían hecho nada. Publicaron sus fotos en todas las redes sociales y les causaron un daño irreparable con la broma.

Tampoco hay prueba alguna de drones ilegales sobre Gatwick: se paralizaron cientos de vuelos y se afectó a miles de pasajeros por un barrunto. Un qué se yo. Un por-si-acaso-no-vaya-a-ser-que.

Vivimos en la era de las redes sociales, las fake news el descrédito gratuito e instantáneo hacia cualquiera, cualquier tecnología, persona o cosa. Nos creemos todo lo que leemos en Twitter.

Y los fabricantes de sistemas antidrón, están empezando a ver el enorme potencial de causar el pánico y convertirlo en euros a golpe de tecla.

En contra de lo que piensa mucha gente (“hay un enorme vacío legal…”, “esto debería estar regulado…”, “el gobierno debería tomar cartas en el asunto…”) existen leyes al respecto desde hace años: concretamente cuatro, en España –desde 2014-.

Son leyes bastante restrictivas. Leyes que regulan con bastante precisión y meticulosidad el uso de aeronaves pilotadas de forma remota, RPAS por su nombre técnico, y cuyos pilotos –nos referimos a los profesionales, por supuesto- son en su mayoría perfectamente conscientes de lo que se puede y no se puede hacer, y de las consecuencias económicas y penales de hacer lo que no se puede hacer, y que te pillen.

Porque claro, esta es otra. Que te pillen.

Un piloto de dron puede pilotar su aeronave fácilmente y sin mucho esfuerzo a cuatro kilómetros de distancia de la misma. Una aeronave que no lleva “per se” ningún tipo de identificación que vincule a la máquina con el humano, y que carece de huella electrónica detectable por los radares de control aéreo. Volar, puede volar, aquí, allí, y en Sebastopol. Otra cosa es que lo haga de forma legal, donde se puede y como se puede, con todo en regla. Que poder, se puede –aunque no es noticia y no vende. Pero otra cosa muy diferente es que lo haga sobre un aeropuerto, poniendo en peligro la vida de cientos de personas, y arriesgándose a pasar unos cuantos años en la cárcel por poner en un brete la seguridad aérea.

Créanme: las autoridades de todos los países civilizados se toman esto bastante en serio.

¿Pero quién me impide a mí, o a cualquiera, llamar ahora mismo a la policía y decir que he visto un par de drones haciendo filigranas sobre el aeropuerto de Barajas? ¿Se imaginan?

Pues no tardaremos mucho en ver esto en los telediarios, acuérdense de lo que les digo. El riesgo existe, es real, y desde luego se deben adoptar medidas desde todos los puntos de vista para impedirlo (se lleva haciendo desde hace años) pero no nos engañemos: la probabilidad de que este tipo de noticias respondan a intereses comerciales o a simples gamberradas de domingo por la tarde (con consecuencias nefastas, eso sí) es infinitamente superior a la de que realmente respondan a drones de verdad volando por encima de los aeropuertos.

Gamberros con ganas y posibilidades de convertirse en delincuentes siempre habrá, en este y en todos los sectores, con un dron, con un láser, con un móvil, con un coche.

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